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Volver al futuro

"... la salida a todo este embrollo siempre es hacia adentro. Las respuestas permanecen diáfanas en nuestro espíritu, claras y esperando a ser consultadas ..."



Mateo Trujillo G.

27/08/2020


En la vida nos enfrentamos constantemente a situaciones que ponen al límite nuestra confianza. Sobre todo, aquellas que inducen a la incertidumbre o confusión y nos exigen el compromiso con decisiones trascendentales. Para esas ocasiones, y citando las palabras que me dio a conocer alguna vez una sabia y querida joven, “la salida siempre es hacia adentro”.

He sentido que la vida tiene algún componente cíclico que la hace maravillosamente incomprensible. Vamos de experiencia en experiencia acumulando millas en este viaje y de repente, justo cuando sentíamos haber alcanzado altitud de crucero y estar piloteando cómodamente nuestra realidad, cualquier coyuntura pone en jaque el confort y nos lanza al vacío del caos. Tendremos que maniobrar de la mejor manera para lograr continuar a salvo.


Estar en situaciones de duda y vacilación, más cuando de nuestro proceder ante ellas depende el rumbo del futuro, es tremendamente incómodo además de agobiante. La sensación de caminar hacia un destino del que no tenemos certeza puede llevarnos a la desesperación. Rogamos entonces, una señal divina, alguna guía, una ayuda externa que nos regale la pista para no equivocarnos, para decidir correctamente y poder salir avantes de la encrucijada. Superar el laberinto y seguir viviendo.


Me he encontrado ahí, en un cruce de caminos que me confunde y no me permite vislumbrar con seguridad la senda que quiero seguir. Esperando que de afuera llegue ese aventón, alguien que aparezca con las palabras precisas, la solución acertada y me ponga en marcha nuevamente.


Es justamente allí, afuera, donde yacen los principales distractores para nuestros aciertos. Acostumbramos a buscar respuestas desesperadas en el entorno y en las opiniones ajenas; rebuscamos indicios en las circunstancias y escuchamos voces pasajeras. Buscamos satisfacer las carencias del momento, los vacíos que nos dejaron las últimas experiencias. En suma, esto nos lanza a satisfacer nuestro “yo” de hoy – y es que, así como la vida es cíclica, nuestra identidad en sus rasgos superficiales es variable, adaptable – sentimos temporalmente que estamos haciendo lo correcto, pero allá, muy adentro, permanece inquieto ese grito del alma al que olvidamos pedir opinión.

Esa voz, la de nuestro interior, es nuestro verdadero “yo”. Es nuestra esencia, a la que no podemos mentirle, con los legítimos deseos y anhelos del corazón que nos han acompañado desde siempre. La misma que, tarde o temprano, terminará recriminándonos por haber preferido escuchar los impulsos del instante.


Las seducciones del mundo se hacen más tentadoras en cada ocasión. He sentido cómo llegan “soluciones mágicas” a presentarse frente a mí en los momentos de mayor duda. Y es que, para alguien con oído medianamente afinado, es fácil detectar lo que carezco y posar como la cura perfecta para mis males. Pero, al momento pienso: no me conocen, solo ven lo que muestro ahora, me sirven para hoy… ¿y mañana?


Resulta, entonces, que, efectivamente, la salida a todo este embrollo siempre es hacia adentro. Las respuestas permanecen diáfanas en nuestro espíritu, claras y esperando a ser consultadas. En verdad siempre sabemos lo que queremos, pero todo el barullo social nos despista. Los estereotipos nos confunden, las teorías nos abruman y el miedo nos consume.

Es momento entonces de recurrir a nuestro súper héroe, al que nunca nos miente, al niño que fuimos. Puro, sin contaminación, sin prejuicios, el que perseguía constantemente sus sueños y sus gustos, orientado únicamente por el espíritu y la propia naturaleza. Él conoce la respuesta, es el “soplón” en el examen que define nuestra felicidad.


Volveremos al pasado para consultar a aquel protagonista, el que mejor nos conoce. Le pediremos una audiencia, le contaremos lo sucedido, solicitaremos su ayuda y él, con el desparpajo y la sinceridad propia de un niño, nos responderá abiertamente, sin temor a equivocarse.


Cuando lo supe buscar, lo encontré. Atendiendo prontamente mi llamado y con la sonrisa de siempre me habló con el corazón.


Lo primero que hizo Mateo fue recordarme mi valor. Cuántos miedos habíamos superado, las luchas que habíamos librado, hasta donde habíamos ido, cuanto mundo habíamos explorado, los errores cometidos, las lecciones aprendidas, el amor compartido y a cuanta gente habíamos ayudado. Me hizo sentir el peso de lo que valgo, lo puso nuevamente sobre mi espalda como la más feliz de las cargas, para que no la olvide y, con una sonrisa compasiva, me pidió compartirla solamente con quien reconociera su valía y le diera su merecido lugar.

Luego, con optimismo, miramos al frente un futuro lleno de oportunidades. Al ver mi cara abrumada, tomó mi mano y me llevó de paseo. Visitamos al Mateo feliz, jocoso, que disfrutaba haciendo reír a las personas. Al líder soñador que organizaba los juegos. Vimos su sensibilidad, la olvidada, la que cuidaba celosamente la familia, la amistad y el amor. La misma que le desbordaba el sentimiento cuando escribía o interpretaba un instrumento. Vimos a Mateo viviendo, con un balón siempre debajo del brazo y seguro que nada en la vida sería demasiado para él.


Finalmente, entre lágrimas y con un abrazo de esos que no quieren terminar, me dijo que bastaba ya de actuar, de ajustarnos a lo que algunos esperaban ver, de creerle a los aduladores de nuestra perfección. Así somos, perfectamente imperfectos, y esa es nuestra belleza. Nunca contestó las preguntas que para ese encuentro yo había preparado, pero lo respondió todo.


Me prometí que nunca más lo volvería a visitar porque jamás permitiría que se separara de mí otra vez. Y, entonces, regresé.


Solo después de esa experiencia recuperaremos la fuerza y la confianza para continuar. Encontraremos la salida allí, dentro. Solo así volveremos al futuro con certeza para tomar las riendas de nuestro camino, decidir y seguir viviendo: con felicidad.


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