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Soledad compartida

"... estar solos, aunque es una buena herramienta, definitivamente no es la respuesta a nuestras carencias".



Mateo Trujillo G.

17/08/2020


Cuando decidimos hacer un alto en el camino, mirarnos por dentro e intervenir aquellas cosas de nuestro propio ser con las que no estamos a gusto, generalmente optamos por aislarnos y buscar la soledad. Sin embargo, estar solos, aunque es una buena herramienta, definitivamente no es la respuesta a nuestras carencias.


La soledad es buena consejera. Permite que entremos en comunión con nosotros. Hace del silencio físico todo un estruendo emocional y les da voz a esos tímidos pensamientos de nuestro interior que, en circunstancias normales, no nos permitimos atender. En soledad podemos encontrar el diagnóstico acertado para las dolencias de nuestra alma y definir el método para aliviarlas.


Pero la soledad es mentirosa. Su máscara de perfección cae tan fácilmente como un simple vistazo a la naturaleza de la humanidad, a sus dinámicas sociales para darnos cuenta que no podemos estar siempre solos. Así, los grandes avances que alcanzamos fruto del aislamiento reflexivo caen por nuestra propia incapacidad de integrarlos a la vida en sociedad. Aquel que encuentra su centro estando apartado, pero lo pierde en compañía, no ha conseguido absolutamente nada. Es como ese atleta que entrena y rompe marcas en sus prácticas, pero nunca acude a competir. La soledad nos engaña con una ilusión de bienestar que se esfuma fácilmente, justo cuando enfrentamos la vida real.


Y es que la plenitud de la existencia no se encuentra en una vida sin problemas, sino en disfrutar del paseo aún atravesando los caminos más pedregosos. No yace en marchar a toda velocidad por autopistas desoladas, sino en conducir placenteramente, incluso, por las vías más congestionadas.

La soledad está incompleta, como lo estamos nosotros cuando estamos solos. Y la pieza que le falta es, paradójicamente, el calor de la compañía; cómplice y real. Personas que nos sepan escuchar, sean confidentes y nos brinden el oportuno consejo. Esos que, a pesar de nuestros errores, reconozcan el esfuerzo por mejorar, asistan nuestra debilidad, nos regalen la esperanza con su apoyo y disfruten a nuestro lado la belleza de la propia imperfección. Buenas compañías, compañeros de calidad.


En mi caso y por fortuna, he tenido conmigo a los mejores. Seres que me conocen, testigos de mis equivocaciones y asistentes permanentes en la lucha con mis demonios. Personas que no escatiman en compartir sus experiencias, sus lecciones y su amor. Esos mismos que llenan mi vida de ocurrencias y sonrisas, compartiendo mis aventuras en las buenas y en las malas.


A ellos, mi amor y mi gratitud eterna; a los que han estado desde siempre, a los que se han sumado en el camino, a los que apenas llegan y a los que están por llegar.


A ellos, gracias por ser mi mejor compañía... Por disfrutar de mi soledad compartida.



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