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Si yo fuera Queiroz…

"...Desde afuera todo es diáfano y evidente. ¿No se dan cuenta que siempre nos atacan igual? ¿Qué la solución está en ganar contención en el medio campo? ¡Hay que quitarles la pelota! ¡Hay que acertar en la definición! ¿Por qué no funciona esta relación si las soluciones son evidentes? Llega el quinto, ¿El Tino se nacionalizó ecuatoriano?..."



Mateo Trujillo G.

17/11/2020


Es paradójico, en este momento nadie quisiera estar en la posición de director técnico de la Selección Colombiana de Fútbol. Sin embargo, solo escucho personas que saben exactamente lo que debió haber hecho y en lo que tuvo que haberse contenido el director. Vociferan las teorías infalibles como si quisieran estar en su lugar, ¿realmente lo quieren? A mí, personalmente, no me apetece probar el trago amargo que el portugués está pasando hoy. Algo que debe ser equiparable solamente a la sensación de amar, sin ser amado.


En el equipo colombiano hay amenaza de divorcio desde la fecha anterior. Es como esas relaciones sentimentales que están amonestadas, con tarjeta amarilla y en las que el entorno parece saber exactamente lo que hay que corregir para recuperarla. No así los protagonistas.


Queiroz, como hábil líder, fue receptivo a las críticas mediáticas del planteamiento ante Uruguay. Se puede decir que le dio gusto a la opinión pública en la mayoría de sus proposiciones. Paró un equipo que, salvo un par de excepciones, no tenía discusión según lo dicho durante el fin de semana en los medios de comunicación deportivos.


¿Qué pasó entonces? Desde el inicio del partido, con un gol tempranero, vimos un poco de lo que sería este triste intento de recuperar la confianza en un matrimonio futbolístico en decadencia. Mientras algunos jugadores chocaban con sus rivales, rechazaban balones y trataban de evacuar el peligro del área propia, otros miraban la escena como recordando aquellos fallos del pasado, deseando con todas sus fuerzas que no se repitieran, pero haciendo nada para impedirlo.


Se abrió el marcador en contra y, como el enamorado lleno de ilusión, todos arengaron aduciendo que no era nada, animando a ir adelante, otra vez y con decisión. Todavía no terminaba ese grito de lucha, cuando en un infortunado saque de meta el balón regresa en contragolpe y encuentra la defensa jugada por el apasionado deseo de resarcimiento y, como una puñalada por la espalda, enterró aún más las ilusiones de reconciliación.


De ese amor ya hubo más ganas que sentido. El equipo desconcentrado, con sus flancos laterales débiles, impreciso al salir de su campo, sin ideas para crear oportunidades, sin imaginación para enfrentar la triste realidad que lo abrazaba. Llega otro mazazo, el tercero, el rival capitalizando los mismos errores tóxicos, falta presión en el medio campo, la defensa muy abierta, los laterales pierden la espalda… Sin mucha diferencia llega el cuarto y con ese tanto, la desolación.


Queiroz desesperado lanza tres cambios, sabe lo que no funciona como el novio arrepentido y hace todo por remediarlo. Ese leve impulso y la nueva energía generan una escabullida al área rival que termina en penal, cobra James y anota. No por eso es el héroe del cuento. Besos, promesas van y vienen. Hay festejo, un intento de grito de batalla y rostros de esperanza, esos tras los cuales todos saben que el daño ya es estructural.

Segundo tiempo
La parte complementaria es solo trámite, la suerte está echada y lo único que salvaría este querer es una reacción temprana. No aparece. Ya no hay suficiente voluntad. Desde afuera todo es diáfano y evidente. ¿No se dan cuenta que siempre nos atacan igual? ¿Qué la solución está en ganar contención en el medio campo? ¡Hay que quitarles la pelota! ¡Hay que acertar en la definición! ¿Por qué no funciona esta relación si las soluciones son evidentes? Llega el quinto, ¿El Tino se nacionalizó ecuatoriano? En una jugada de crack Gonzalo Plata capitaliza los mismos errores de siempre y cobra por ventanilla con un lujo de gol. Nos pintaron la cara, dijo la hinchada. Me vieron la cara, creyó Queiroz.

Entregados a un desastroso e ineludible final, hay fogonazos tardíos de deseo, afán, descoordinación, desorden. Intentos infructuosos de hacerlo funcionar.


Luego, como en una desafortunada separación conyugal, cada uno tratando de salvar lo suyo. Llega el sexto, ¡Es una vergüenza!, exclaman. Se acabó el idilio y nada podía terminar peor. El destino, rival triunfante y goleador, pide más tiempo de descuento para prolongar su festín.


Definitivamente la ha pasado muy bien a costa del sufrimiento de su contraparte.


¿Qué se pudo hacer? Quizás no mucho. Tal vez todo. Pero enfrentar la embestida cuando el toro ya ha pasado es muy fácil. A un lado de esta relación, que hoy parece no salir de cuidados intensivos, hubo un entrenador abrumado que lo intentó todo, hasta la desesperación e incluso renunciando a sus propios conceptos, induciendo errores. La contraparte: los jugadores, no pudieron hacer menos, nunca se la jugaron. Con muchos deseos de boca para afuera, pero pocas acciones, ahora dejan que la responsabilidad caiga sobre un técnico que no hizo más que intentar y empujar.


Es muy difícil que el engranaje marche cuando hay una parte que, definitivamente, no se quiere mover y con esto boicotea los intentos de la otra. Esa que estaría dispuesta a llevar toda la carga de ser necesario.


¿Y si usted fuera Queiroz?


Traicionado.


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