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País sin curso

"... ¿Estamos condenados a vivir en la imprevisión? ¿Cuándo vamos a pasar de la reactividad a la proactividad? ..."



Mateo Trujillo G.

21/11/2020


El paso del huracán Iota por aguas colombianas y los tristes efectos que dejó en el archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, llega para recordarnos –una vez más- que somos un país sin curso, con rumbo indefinido y absolutamente sin planificar.


Las agendas sociales, educativas, económicas, de infraestructura y demás, solo existen ahí, en agendas. Los planes de país están perdidos en portafolios burocráticos, entre textos redactados por cumplir, fantasiosos e impertinentes. Tal como los códigos de convivencia de una unidad residencial, que pocos leen, la administración no conoce y además no se siguen, ni se respetan.


Volviendo a Iota… ¿Puede ser verdad que, en territorio nacional, emplazado en una zona de paso potencial de tormentas tropicales, huracanes y demás, no exista un plan de contingencia fuera del papel, uno que esté respaldado por un sistema constructivo adecuado, que permita enfrentar este tipo de fenómenos y que honre –medianamente- el desarrollo que ha alcanzado la humanidad en esta época de su historia? Sí, es verdad, y ha sucedido en el caribe colombiano.


Nuestro archipiélago y su Mar de siete colores están atrasados en el tiempo gris, estancados, presos de su propia ubicación geográfica. La misma por la cual nuestros gobernantes han peleado, dispuestos a no ceder ni un milímetro a aquellos que la han reclamado, pero que una vez ganado el pleito no la voltean a ver y, cuando lo hacen, es con la “progresista” intención de buscar hidrocarburos entre sus cinturones coralinos.


El bienestar de los isleños es tan endeble como sus ligeras viviendas que, sumadas a la insuficiente infraestructura de seguridad, componen el escenario ideal para la calamidad que al final se vivió. ¿Somos miopes? Quizás. Ahora celebramos el heróico relato de uno de los pobladores que logró sobrevivir milagrosamente al encerrarse en un baño, aferrándose al deseo de vivir y a sus santos.


En la práctica se nos ha olvidado que Colombia es una empresa y que, como tal, debe tener unos objetivos que orienten sus esfuerzos.


Esta teoría es en realidad muy simple, una persona con conocimientos primarios en administración o gerencia la conoce de sobra, incluso un individuo sin educación formal en la materia, pero con alto sentido común lo entendería. ¿Por qué los elegidos para llevar nuestra batuta no lo hacen? ¿Nos gobiernan los incapaces? o ¿Entienden todo, pero no les interesa hacerlo bien?


Infamia


A lo largo y ancho de nuestro territorio tenemos un sin número de poblaciones que en cada temporada invernal sufren las mismas inundaciones, por el desbordamiento del mismo río, que deja la misma tristeza y desolación a su paso. Llega la visita gubernamental, abrazos, palabras de aliento, promesas… y nos vemos el próximo año, por esta misma época, para repetir la escena.


Hay lugares del país donde el Gobierno solo aparece reaccionando ante la calamidad. Pone algunas acciones paliativas a los requerimientos de sus habitantes y vuelve a desaparecer. Sin embargo y de reojo, en esas visitas reconoce oportunidades para gestar macro proyectos y endosarlos a su palmarés. El puerto de Tribugá, por ejemplo, es la prueba de cómo pasar por encima de las verdaderas carencias de la gente del golfo y tratar de imponerles algo que, además de no ser necesario, es lesivo desde lo ambiental, lo cultural y lo social.


¿Qué tendría de diferente este “puerto de desarrollo” que no tuvo en su momento el que ya se ejecutó en Buenaventura? ¿No sería mejor optimizar el uso de aquel otro, que además no trabaja a full capacidad? ¿Para qué?. Esa es la pregunta sin sensata respuesta y, definitivamente, no es la manera de sacar al Chocó del olvido estatal. Sin embargo, si no hay hoja de ruta y un camino trazado para el país, el gobierno de turno aprovecha para ejecutar sus caprichos, satisfaciendo sus intereses. La historia se repite una y otra vez.


Estoy convencido que este no es un problema que pueda adjudicarse a determinado partido político, ideología o esquema de gobierno. Si bien en cada bando los objetivos de nación se priorizarían de manera diferente y se alteraría el curso del barco según el ideario de quien lo comanda, el meollo radica en que el país de verdad navegue hacia un destino preestablecido, no que flote esperando a ser arrastrado por los vientos, la marea y los deseos particulares.


Ahora es tiempo de visitas presidenciales, de la evaluación de daños, de los planes de reconstrucción, las palmadas en la espalda y las campañas de solidaridad con los damnificados –a las que me sumo por supuesto- vamos así, reaccionando a nuestro “inevitable” destino, esperando no naufragar… O no morir en el naufragio.


¿Estamos condenados a vivir en la imprevisión? ¿Cuándo vamos a pasar de la reactividad a la proactividad? De lo contrario propongo que nuestros dirigentes, en lugar de economistas, abogados y administradores, sean raperos. Ellos improvisan mejor.


Que el Sagrado Corazón nos acompañe.


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