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Muertos en vida

Actualizado: 27 de nov de 2020

"... Parece irreal que haga falta sentir la proximidad de un deceso para cuestionar nuestra existencia y afanarnos, ahora sí, por aprender a vivir ..."


Mateo Trujillo G.

26/11/2020


Pasaron casi dos décadas para que la muerte llegara de nuevo a mi familia, recordándonos la fragilidad de la existencia, el paso inexorable del tiempo y la gracia que recibimos con el amanecer de cada nuevo día.


La muerte siempre causa recogimiento y reflexión. Ha sido protagonista de primer renglón en los esfuerzos de la humanidad, inspiración para su desarrollo y combustible para sus luchas. Bien por temor; bien por arrebato.


En estos días de duelo, y motivado además por las homilías de los oficios católicos, pensaba: ¿Cuánta vida nos dejan nuestros muertos?


Y, en cambio, ¿cuántos muertos nos cruzamos en esta vida?


Rezan las masas populares que “no hay muerto malo”. Esto lo concluyen, seguramente, a partir de las hermosas descripciones y tremendos recuerdos que ante la memoria de un recién fallecido se expresan. En algunas ocasiones puede ser cierto que las palabras superan la verdadera vida y obra del difunto, pero, en la mayoría de los casos, es verdad que el ser que abandona este plano material lo hace dejando atrás actos de bondad, acertadas palabras, enseñanzas y ejemplos de un buen vivir.


Le deja al mundo mucha vida tras su muerte.


En la muerte, entonces, hay vida. Creo que sucede además porque – en el mayor número de casos – la expiración nos alcanza luego de muchos años de existencia, lo que nos hace más sabios y asertivos, o después de complicados procesos de enfermedad que, según cuentan quienes los han vivido, se convierten en caminos de renacimiento espiritual y permiten ver la vida con mayor claridad, sapiencia, abrazando sus verdades.


Por el contrario, pensaba, también hay mucha muerte en la vida.


Si mañana fuera su funeral ...


Nuestra realidad, bombardeada por el ego y la vanidad, encubre cada vez más el verdadero sentido de vivir. Lo esconde detrás de existencias mentirosas, preocupadas por el parecer más que por el ser. Hoy es normal la idolatría de lo superficial, se construyen “vidas” de vitrina y se fabrican historias alrededor del “yo”. Se miente, se engaña y se traiciona con el bienestar individual como excusa. No importa el daño colateral que cause.


Corrompidos, ladrones y asesinos, “viven” porque el fin que persiguen justifica sus medios.


Así, se llena de muerte la vida. Parece irreal que haga falta sentir la proximidad de un deceso para cuestionar nuestra existencia y afanarnos, ahora sí, por aprender a vivir. No tendrían que ser necesarias situaciones de calamidad para despertar, para darnos cuenta que en el ego hay engaño y en la vanidad hay mentira; que hoy son cada vez más los medios y personas surreales que nos seducen, que cada día es más tarde para empezar a valorar lo bueno que nos ofrece la vida, lo auténtico, lo real, para ser agradecidos.


No debe ser preciso sentir cerca la muerte para dejar de matar nuestra vida, para darnos cuenta que estamos vivos, pero muertos por dentro.


Si mañana fuera su funeral, ¿qué clase de personas asistirían?; ¿cómo lo recordarían?; ¿qué tendrían para decir de usted?; ¿dejaría vida tras su muerte o mucha muerte después de su vida?


La invitación es a vivir. A no morir antes de tiempo. A que seamos más los vivos que los muertos.


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