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Mucho por muy poco

"... Simplemente, en la erudita naturaleza, no se permite arriesgar mucho por muy poco ...".



Mateo Trujillo G.

20/08/2020


Hace ya varios días estoy alejado del ruido de la ciudad, quitándole un poco de calma y paz a un paraje natural.


Casi desde el momento en que llegué, reconocí en mi estancia un nido de avispas de aspecto tierno y reciente. Me detuve a observar y lo encontré custodiado por, quizás, las avispas más grandes que he visto hasta ahora. Su cuerpo rojizo, amplias alas y prominente aguijón no me dieron precisamente la más calurosa bienvenida.


Sin embargo, llamó poderosamente mi atención la tranquilidad de aquellos insectos, pues, a pesar de mi inquieta mirada, cercanía imprudente y uno que otro ocioso intento por tocar su panal, estas ni siquiera se movieron. Parecía que yo no llamaba su atención, pues tendrían mejores cosas de las que ocuparse, pensé.


Casualmente el espacio que por estos días destino para escribir queda justamente debajo del panal. Así pues, la intriga respecto a esos particulares acompañantes se dio gusto gracias a largos ratos de observación. Fue en uno de aquellos momentos de curiosidad cuando descubrí el porqué de su conducta: las avispas mayores se encontraban cuidando abnegadamente nuevas larvas, que colmaban los orificios del panal. De hecho, tal como lo sospechaba, tenían cosas verdaderamente más importantes que mi presencia por las cuales ocuparse. Prioridades.


Hace un par de días, mientras pasaba por el lugar, vi una de las larvas de avispa en el suelo. Me detuve a observarla y reconocí al naciente insecto dentro de su membrana natural. Se distinguía, sobretodo, su aguijón ya formado y listo para ser usado. El denominado himenóptero se retorcía insistentemente, como queriendo librarse de algo. Entonces, analicé mejor el escenario, dándome cuenta que había caído justo en una zona de sol y que sus movimientos parecían querer alcanzar el resguardo de la sombra para no sucumbir por la temperatura.


Inocentemente me agaché para ayudarla en su cometido y, por primera vez, sentí el zumbido agresivo de sus mayores, quienes se habían movido, quizás alistando posiciones para la defensa. Entendiendo la impetuosa advertencia, aborté mi plan y me retiré aterrado de la escena.

Unas horas después regresé pues, para mí, la situación ya era personal y quería ver cómo se había resuelto. Inmensa fue mi sorpresa al encontrar, donde solía estar la pequeña larva, una montaña de desesperadas hormigas dándose el mejor de los banquetes. Incrédulo, miré buscando las avispas protectoras, esas que tan amenazantes me habían plantado cara y allí estaban, inmóviles, en su panal, espectadoras de la suerte de su joven compañera.


Desde ese momento he observado, incluso con mayor curiosidad, a las avispas. Me he dado cuenta que hacen turnos para salir a buscar comida. Regresan cargando grandes pedazos de alimento y lo ponen al servicio de su grupo. Realmente son organizadas, cooperadoras, solidarias y territoriales. Entonces, ¿Por qué permitieron ese trágico desenlace para una de sus larvas?


Varias hipótesis rondan mi cabeza. Es posible que nada de lo que presencié haya sido un accidente o un simple fruto del azar. Puede ser que la muerte de la avispa haya sido premeditada y orquestada por sus propias compañeras en una muestra más de los alcances de la mafia, el egoísmo y el rencor, con un trágico desenlace.


Bien puede ser, por otro lado, que la naturaleza sea escolta de la suerte. Permita que ocurra todo cuanto está destinado a ser, sin alteraciones y según el ciclo normal de la vida. Al punto de convertirse en garante que absolutamente nada -mucho menos un humano entrometido- cambie el curso original de las cosas.

No obstante, me decanto más por la sabiduría natural; respetuosa de los procesos. La misma que considera la fortaleza y las capacidades del ser, como elementos que se forjan desde el mismo nacimiento. En este caso, con su fiereza para luchar por sobrevivir, con la determinación por aferrarse a su oportunidad y el vigor con que finalmente consiga romper su capullo: la nueva avispa comprueba su valía. Por eso mi compasión, para ellas, no tenía lugar en esta historia.


Tan sabia es natura que, además, es ejemplo de autocontrol. Incluso viendo a una integrante de su colmena en apuros, con la tentación de intervenir y hacer algo diferente, se mantienen fieles a sus convicciones, a su instinto. Conscientes de la presencia de amenazas a su alrededor, pájaros, iguanas y tantos otros que están listos para arrebatarles lo más preciado, prefieren dejar pasar el capricho de descuidar la colmena. Dominan el impulso de abandonarla para probar suerte y se aferran a la protección de la mayoría de larvas que aún yacen bajo su cuidado. No es que no tengan motivos, o sea fácil decidir, no es que no les duela ni les importe, es la voz sabia de su interior.


Simplemente, en la erudita naturaleza, no se permite arriesgar mucho por muy poco... Menos aún si, para hacerlo, hay que callar los deseos más profundos del corazón.


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