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Las verdades de la vida

"...Desde esta semana mi existencia tiene un nuevo tono; otro condimento. A partir de hoy se me ha convocado oficialmente al selecto grupo de seres humanos que velan con cuerpo, mente, corazón y alma por la vida de otra persona..."



Mateo Trujillo G.

07/09/2020


Desde esta semana mi existencia tiene un nuevo tono; otro condimento. A partir de hoy se me ha convocado oficialmente al selecto grupo de seres humanos que velan con cuerpo, mente, corazón y alma por la vida de otra persona. Por eso, de este día en adelante soy “el padrino”.


Este encargo es supremo.


Si revisamos la connotación de “padrino”, creo que socialmente se le da cada vez menos el valor que le corresponde. Culturalmente, esta figura se ha convertido en un fantasma que aparece en las fechas especiales para recordar que hay una relación distinta, un lazo diferente, que alguna vez se tendió y que dura para siempre. Y así, de obsequio en obsequio, se cumple con el rol indicado.


Sin embargo, mientras escuchaba el sermón de inducción a mi nuevo ‘cargo’, comprendí que la tarea va mucho más allá de la presencia física o la capacidad de agradar materialmente a un ahijado. Quienes depositan su confianza en nosotros esperan que los secundemos en el cometido de capacitar a una personita para la vida. Lo hacen también en la obra, maestra por demás, de esculpir un ser humano bueno y feliz a partir de principios, valores, sensibilidad, y usando como herramienta fundamental nuestro propio ejemplo.


Bien podría decir que mi ahijado es mi sobrino. Es el hijo de aquel que ha sido mi hermano de vida, con el que he trasegado este maravilloso camino. Cómplices desde la cuna. Hemos ido compartiendo el biberón, aprendiendo a montar en bicicleta, explorando nuevas latitudes, viviendo la locura de la juventud, entre risas, errores y lecciones, hasta juntarnos para tomar una copa de vino mientras arrullamos a su nueva razón de vivir en el mecedor.


Pareciera que él, mi ahijado, lo sabe todo. Cuando me observa, siento la profundidad en su mirada. Se queda fijo, me indaga, detalla mis particularidades y me entrega, con una cómplice mueca, su confianza. Esa misma sonrisa pícara con la que su papá me proponía una pilatuna infantil…


La genética no deja de impresionarme. Es como si supiera que desde el mismo momento de su concepción fui cómplice leal de sus padres, como si entendiera que está frente a uno de sus mosqueteros, un fiel servidor que no le piensa fallar.


Ha sido un regalo que agradezco infinitamente. Juan Rafael, con su presencia, me ha recordado la cátedra de mi padre sobre las verdades de la vida. Esas que constituyen nuestra esencia, las que vienen impresas en nuestro ser, las prioridades que no deben ser antepuestas por más distractores que el camino nos presente. Aquellos regalos divinos que merecen siempre nuestra mejor versión, encontrarnos dispuestos, listos para enfrentar juntos lo que venga. Esos que despiertan los sentimientos que residen en lo profundo de nuestro corazón, los que se materializan con una sonrisa, de verdad, de esas que solamente aquellos que amamos sinceramente conocen… Las que nos salen del alma.


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