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Karma y mesa

"... No se trata de reprocharnos eternamente las malas decisiones, los errores y con ellos sus resultados. Todo lo contrario. La magia radica en llenarnos de humildad, gratitud, buen juicio… De apagar el ego y despertar la sensatez ..."


Mateo Trujillo G.

06/12/2020


La mesa está siempre servida. El comedor, lleno de los más deliciosos manjares hogareños. La madre cariñosa llama insistente a su “ocupado” hijo para que deguste los alimentos. El joven, demasiado bisoño todavía en las lides de la vida, desatiende esos llamados maternales y, cuando al final responde, lo hace como si no soportara una reiteración más.


Baja al salón y se sienta a la mesa con su ánimo enrarecido. Pasa la vista por las diferentes opciones, inspecciona su olor, su aspecto, el sabor de algunas con una leve probada, suspira y con ímpetu asegura… “nada me gusta”.


Esta es una escena que se repite durante años en casa. Sin embargo, no será eterna. Al poco tiempo el joven despliega sus alas y viaja a nuevos horizontes para perseguir sus sueños.


Ahora, lejos del hogar y con una realidad completamente distinta, echa de menos los deliciosos manjares que las manos de su madre antes le brindaban.


Debe conformarse con la comida que su escasa habilidad culinaria le permita ofrecerse, o con la cuestionable calidad de platos en restaurantes que apenas puede pagar.


Algunos le llaman karma, otros la refieren como justicia divina. Independiente de nuestro credo hay que aceptar que nos encontramos en una “realidad reactiva”, toda acción tiene su reacción, cada decisión tiene su consecuencia y, en ese orden, se va construyendo – o destruyendo – nuestra historia.


Ecos de justicia


Si nos detenemos a analizar, podríamos dividir la crónica de la vida en etapas. Durante algunas de ellas la realidad se nos presenta como la mesa de aquel joven, abarrotada de manjares, con infinidad de opciones, abundante y sobre la cual tenemos pleno poder.


Todo parece servido a pedir de nuestra boca. Basta solamente con extender la mano, tomar lo que nos provoque – si es que hay algo que realmente nos satisfaga - y desechar lo demás sin remordimiento aparente.


Por el contrario, hay épocas de escasez. Las cosas no funcionan, no fluyen. El mueble que antes exponía mil oportunidades, se nos presenta frío y vacío. Cuánto extrañamos hasta el menos atractivo de los platillos, cuánto nos duele la ausencia de eso que antes desechamos… ¡la falta que nos hace!


Seguramente la mesa no está desierta por capricho del destino o azares de la vida. Es muy probable que hayan sido nuestras decisiones, u omisiones previas, las que produzcan el lamentable estado que ahora tenemos que encarar. Quizás escogimos el platillo que más nos llamó la atención en el momento, aquel más a la mano, el que menos esfuerzo nos representaba y terminamos saciados temporalmente, para después quedar más carentes de lo que estábamos... Tal vez ninguna opción logró equiparar las altas exigencias de tiempos de bonanza, retiramos nuestro interés de la mesa y cuando volvimos la mirada ya era demasiado tarde.


Yo mismo he sufrido las consecuencias de mis decisiones, yo también tuve veinte años.


Justo cuando dejé de pensar, de decidir según mis reales convicciones y verdaderos sentimientos, las cosas se vinieron abajo, el camino se apretó y el dulce se puso “a mordiscos”.


Tuvieron que pasar malos ratos, llenos de angustia, para construir nuevamente un escenario de esperanza y oportunidad a partir de la propia conciencia.


No se trata de reprocharnos eternamente las malas decisiones, los errores y con ellos sus resultados. Todo lo contrario. La magia radica en llenarnos de humildad, gratitud, buen juicio… De apagar el ego y despertar la sensatez justo cuando la vida se nos presenta benévola. Usar la razón y practicar la prudencia en la abundancia, cuando parece menos necesario.


La buena noticia, si es que no lo hemos hecho bien hasta ahora, es que mientras tengamos vida, siempre hay oportunidad de mirar hacia adelante y hacer las cosas mejor. De aprender sobre lo destruido y volver a echar cimientos.


La vida, maestra impecable, es como el eco... Tal como le llamas suele responderte.


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