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Ayuno de amor

"... me propuse el reto de un ayuno prolongado, del cual, al final, he recogido valiosas reflexiones y enseñanzas; una de ellas referida al amor y al acto de amar".



Mateo Trujillo G.

Agosto 13/2020


Cuando se tiene un propósito de cambio es recomendable que haya un punto de quiebre e inflexión que defina el final de las cosas como se hacían y marque el comienzo de un nuevo actuar. Persiguiendo beneficios físicos, mentales y espirituales, me propuse el reto de un ayuno prolongado, del cual, al final, he recogido valiosas reflexiones y enseñanzas; una de ellas referida al amor y al acto de amar. He concluido que cuando se quiere amar bien y verdaderamente, ya sea porque no se ha hecho antes o se ha fallado en el intento, hay que hacer un ayuno prolongado del amor.


En un ayuno de alimentos se atraviesan diferentes etapas:


Primero, la emoción y excitación propias del desafío que apenas comienza hacen casi imperceptibles las primeras horas sin probar bocado. Es una fase en la que el orgullo propio domina las emociones, pues se siente bien estar haciendo algo a lo que muchos ni siquiera se atreven. Luego, a medida que pasan las horas, la ansiedad es la gran protagonista. Los deseos más básicos del ser humano se apoderan de nuestra cabeza en un intento desesperado por debilitar nuestra voluntad y, es allí, cuando le permitimos crecer al poder de nuestra intención, al enfoque en nuestro objetivo.


Más adelante, cuando el ayuno supera una gran cantidad de horas, empieza el momento, quizás, más difícil, pero al mismo tiempo de mayor valor en todo el proceso. Mueren el ego y el orgullo, la fragilidad de nuestro cuerpo es evidente y se hace claro que, a pesar de ser una creación complejamente perfecta, los seres humanos existimos gracias a la confluencia de coincidencias que nos regalan la vida, sobre las cuales no tenemos control y en cualquier momento nos pueden ser arrebatadas. Es un momento de choque, de alto malestar y tremenda autocompasión.


Sin embargo, una vez superadas las horas críticas de trance, empieza a hacerse evidente la recompensa. La recta final del ayuno se siente realmente bien. La sensación de satisfacción es permanente, la calma se apodera de nuestro ser y la paciencia en el transcurso de las últimas horas se hace infinita. El tiempo pasa lento ante nuestros ojos y somos sensibles a la hermosura de cada detalle. Parece que en el ayuno, como en la vida, para que las victorias tengan un sabor más dulce hay que haber atravesado antes los valles más amargos de las derrotas.


Igual pasa en el amor. Cuando decidimos abstenernos de amar, puede parecer en principio una determinación proferida desde el orgullo, parecido esto a una privación del ego. Pero a medida que transcurre el tiempo, la ansiedad por el amor y el ser amado se hacen presentes, nos obligan a hacer introspección en nuestros deseos y nuestra voluntad.


Comenzamos a cuestionarnos sobre la calidad del amor que hemos brindado, sobre las sensaciones que hemos provocado en el otro y la marca que hemos dejado en su corazón.


Rendidos al ayuno de amor entramos en su fase más profunda con los despojos de nuestro propio ser amante, vemos su imperfección, su inconsistencia. Se hacen evidentes, entonces, todos los errores y las faltas cometidas, se prueba el mal sabor dejado por las acciones equivocadas y se purgan una a una todas las heridas propinadas al ser querido. Se atraviesa el valle del dolor, la pena y la vergüenza. Pero algún tiempo más allá, luego de toda esta intrincada jornada y tal como en el ayuno de alimentos, se encuentra la recta final donde yace la esperanza. Ese estado de paz, tranquilidad y sosiego que nos indica la consecución del objetivo.


Estaremos listos para volver a amar, para entregar nuestra mejor versión al otro y disfrutar la compleja belleza del amor, contemplando cada detalle con sensibilidad y compasión, entregados al disfrute… Justo antes de tener que ayunar nuevamente.

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